Una nueva Educación. La educación para niños índigos.

 

UNA NUEVA EDUCACIÓN
PARA LOS GENIOS DEL FUTURO
Natalio Domínguez Rivera


La Creática consiste en una estimulación integral de la persona de cara al futuro. Es un Programa para descubrir, no para enseñar nada. Y menos
todavía para entretener a los niños con ejercicios complicados. Esto
sería demasiado desperdicio para el tiempo que llevamos trabajando con
afán en este modelo.
En Creática solemos iniciar nuestras charlas con una parábola muy significativa: cuentan que un muchachito, vecino de un gran taller de escultura, solía pararse a curiosear los trabajos de los artesanos y de los artistas. Así se hizo amigo de uno de ellos.
Un día que fue a visitar a su amigo se sorprendió de que alguien había colocado allí una inmensa piedra. Pero no dijo nada. Cuando volvió a visitar a su amigo, pasadas las vacaciones, encontró en el lugar de la piedra un hermoso caballo de mármol blanco. Volviéndose intrigado a su amigo le preguntó:
– ¿Cómo sabías tú que dentro de aquella piedra había un caballo?
El artista no pudo menos de sonreír y alzar los hombros como respuesta.
La frase del pequeño era algo más profundo que una ocurrencia infantil.
Era nada menos que la parábola de toda vida humana. La verdad es que el caballo estaba ya dentro de la piedra, y que la habilidad artística consistía precisamente en eso: en saber ver el caballo que estaba dentro, e irle quitando al bloque de piedra todo lo que le sobraba. El escultor no trabajó añadiendo trozos de caballo, sino sacando la figura encerrada en el bloque de piedra, viendo dentro lo que nadie veía.
Con la educación sucede lo mismo. La verdadera genialidad de un director, de un padre o de un maestro no es inducir, añadir desde fuera, agregar trozos al niño para educarlo, sino extraer, e-ducir (de ahí viene la  palabra educación), no añadir lo que al niño le falta, porque no le falta nada a su naturaleza, todo está dentro de él.
Este es el nuevo enfoque: no enseñar, acudir al sentido común, hacer que, con unos datos que le damos, él vaya trabajando, como la larva, para emerger, para salir, para descubrir todas las posibilidades, las aptitudes, los procesos que en embrión estaban dentro de él, poner a correr el
programa. Podremos inducirle la ciencia, pero no la vida, las conductas, los valores, la sociabilidad, la espiritualidad, la trascendencia, que ya venían en el paquete como programas de vida. Pero
había algo que no había tomado en cuenta la psicología tradicional:
aparecía una nueva clase de niños distintos, no comprensibles para los datos que poseíamos.
Cuando en 1970 surgió el Movimiento pro Desarrollo de la Inteligencia, hoy llamado Creática, todavía no se hablaba de los niños Índigo. Pero estaban apareciendo cada vez con más frecuencia, niños sorprendentes que en nada se diferenciaban biológicamente de los demás niños, pero que  sicológicamente eran “anormales por exceso” comparados con sus similares.
Destacaban por su limpieza mental, su aceleración vital, su madurez temprana en el campo ideativo, aunque no en las faenas escolares, su capacidad crítica un tanto cáustica y mordaz, su descontento con el sistema educativo, su fácil manejo de los instrumentos electrónicos y, sobre todo, una visión
distinta de la vida y un rechazo a las tareas rutinarias. Niños que estaban apareciendo con una personalidad muy definida, sin posibilidad de diagnóstico, porque cada uno era diferente, y a los cuales no se podía aplicar el clásico C.I. (cociente intelectual), no porque fueran más inteligentes, sino porque ellos estaban en otra onda.
Nunca habían aparecido tantas y tales excepciones juntas en la historia de la psicología. Durante siete años se trabajó, aislando primero el problema, y buscando después una forma de aliviar su situación a estos “niños precoces”, como los denominábamos. El equipo empezó a sospechar en un principio que eran niños excepcionales que en la lotería de la naturaleza habían sido premiados. Nos resistíamos a aceptar su normalidad. Buscábamos clínicamente síntomas y detalles de anormalidad.
Hoy estamos convencidos de que es a éstos a quienes hay que mirar y de quienes hay que esperar, porque son los que van a configurar las sociedades del futuro, para un mundo más humano.
Pero todavía sospechábamos que estos niños eran fruto de la tempestad de información de los medios masivos de comunicación y de la proliferación de los juegos electrónicos. Por eso dejamos de llamarlos “niños problema”, y pasamos a llamarlos jocosamente “niños Nintendo”, los que hoy serían llamados “niños Internet”.
Pero resulta que aparecía este fenómeno en niños que no recibían tempestades electrónicas. O sea, había que admitir que era un fenómeno de nueva adquisición, y nos negábamos a pensar siquiera en la más leve sospecha de mutación genética. Los estudios de laboratorio parecen estar en esta onda de la que, como no somos especialistas en la materia, preferimos no opinar. Se está notando y certificando en estas tres últimas generaciones un inicial y potente cambio estructural a nivel  psicobiológico en los niños.
Es una lástima que, oficialmente, las escuelas y los colegios privados estén todavía enfrentándose a estos niños, y tachándolos de “sujetos problema”, y hasta de enfermos emocionales o tocados de una cierta psicopatía. Son unos niños muy diferentes a los niños que fuimos nosotros en nuestra infancia.
Para muchos educadores, había unos síntomas alarmantes en los niños superactivados que eran un problema en el aula de clase y en el ambiente familiar, con una mente extrañamente despierta, agresiva hacia el docente magistral y rutinario, o hacia los padres autoritarios y monárquicos. Estos chicos eran inquietos, sumamente inteligentes, razonadores, incomprendidos, con malas notas a
veces, pero con brillantes ideas destructoras de viejos paradigmas.
Nuestra preocupación aumentó cuando en los trabajos de campo de los alumnos de la cátedra de Psicología Evolutiva aparecían en todas las clases sociales unos niños no clasificables en ninguna de las gavetas evolutivas de los venerables tratadistas del pasado (Hurlock, Piaget, Moragas, etc.).
Cada día aumentaba el número de los “niños problemas por exceso”, como los denominamos de nuevo, que no eran comprendidos en la familia ni en el aula, que eran aislados, cuando no abiertamente rechazados o verbalmente agredidos. Hoy a esos niños los llamamos “Índigo”, al parecer por su aura teñida de añil. Los que no tenemos el don de percibir esa aura no los  catalogamos, y menos nos atrevemos a diagnosticarlos. Lo que menos importaba era la
denominación. Lo que había que hacer, puesto que estaban, era ayudarlos y comprenderlos.
En cada muestreo eran más numerosos los casos. Se imponía crear nuevas formas de tratarlos y educarlos. No se contentaban con la instrucción. Se empeñaban en ser personas humanas distintas, y discutían con nosotros sus programas, siempre diferentes y mejores que los que les estaba proporcionando su sociedad y las autoridades educativas.
En un momento, y casi paralelamente, fueron apareciendo casos de niños extraños en China, Rumania y Estados Unidos.
Las universidades del mundo se empezaron a preocupar por el problema.En el año 83 el Presidente del Instituto de Creática, con ocasión de un curso-taller de Desarrollo de la Inteligencia solicitado por el Gobierno de China Popular, oyó hablar en la Universidad de Beijing de ciertos “niños superpsíquicos”, y se enteró de las sorprendentes habilidades de esos niños, que sin previo ntrenamiento, captaban el pensamiento ajeno, leían una página de un libro cerrado, movían una
pelota en el aire con energía proyectada y, sobre todo, presentaban una madurez hasta entonces inconcebible para los cánones normales de evolución psíquica y una cierta inmunidad contra enfermedades crónicas, como el Cáncer y la Hepatitis B.
Nada nos informaron las personalidades chinas que visitaron Caracas, pero después supimos que
la razón de su visita era que habían recibido la noticia de que en Venezuela se había creado desde 1978 un Ministerio para el Desarrollo de la Inteligencia, y venían, precisamente, según posterior  confesión (primero tres profesores de la Universidad de Beijing y después el propio Viceministro de Educación) con la intención, oculta desde luego, de indagar si nosotros teníamos la solución o, al menos, una explicación para el fenómeno.
Allí se confirmó nuestra sospecha de que el fenómeno no era regional, que era algo más que una
superactivación debida a los medios y a la juguetería electrónica, que estaba apareciendo una especie de cambio brusco y rápido a nivel especie, en dos o tres generaciones, cuando era regla general que una mutación, biológica o psíquica, en cualquier especie, llevaba centurias
y hasta milenios.
Más que mutación, la deberíamos llamar “puesta en marcha” porque al parecer lo que está  sucediendo es que elementos del ADN que estaban inactivos aparecían en estos niños funcionando con normalidad. Decidimos dejar a los biólogos estudiar el fenómeno mutacional, y nos dirigimos a lo que nos correspondía: a solucionar los problemas inminentes de conducta con un criterio de utilidad. Queríamos encontrar para ellos una patente de reconocimiento, que supieran que los comprendemos aunque no los entendamos, y que estamos haciendo lo posible por saciar esa necesidad de velocidad evolutiva.
Cuando nos dimos cuenta, el río nos fue llevando hacia unas nuevas formas educacionales, por las cuales no había que enseñar al alumno, sino colocarlo en situación de aprendizaje. Con esto desaparecía la figura del educador ritual, exigente de memorización, y aparecía el compañero
de ruta que demanda del alumno razonamientos y responsabilidades en su aprendizaje personal, en sus ideas, en sus conductas y en su particular escala de valores.
Y así nacieron los programas, con sus características pertinentes para los niños de estas nuevas
generaciones. Nacía la Creática, la resurrección de la Mayéutica de Platón y de Sócrates, quien afirmaba sin rubor que él no era el padre de la criatura en las mentes de sus alumnos, sino el partero de las ideas, el que las ayudaba a nacer. Adelantamos las exigencias académicas en más de cuatro años, con escándalo de los timoratos. Y resultó que esos niños problema no eran tales, y que gozaban con nuestros retos y se sentían felices de que nadie les enseñara, sino que ellos, barajando los datos que les dábamos, descendiendo a lo concreto en los ejemplos, sacaban sus propias conclusiones, por investigación, por sentido común, por lógica natural.
Estos programas, desde la Educación de Padres y Prenatal, hasta la Universidad, no están confeccionados para los “niños montón” que fuimos nosotros, o de ésos que desgraciadamente todavía persisten, a pesar del rechazo, en cualquier institución pedagógica de las que los gobiernos de todos lo países fomentan, para evitar jóvenes rebeldes y adultos críticos. Los Manuales de Creática están confeccionados para los “genios del futuro”, que ya están entre nosotros, como un suceso que muchos prefieren ignorar. Pero que ya no se pueden negar ni frenar. Simplemente está ya aquí.
Para mí fue altamente significativo que en el Colegio Don Bosco de Puerto la Cruz, un niño de  apenas cuatro años, de Maternal, se zafó de las manos de su mamá, que lo había ido a recoger, para abordarme y preguntar:
–  ¿Eres tú el que hace los absurdos?
–  Sí, le contesté.
–  ¿Me dejas darte un besito?
Me conmovió. Y mientras me agachaba hasta él, no pude menos de pensar cómo hubieran reaccionado ante esta anécdota aquellos autores que estudiamos en las Escuelas de Psicología que defendían que antes de los doce años de edad cronológica solamente un niño genio sería capaz de comprender un absurdo.
Estos niños no comprenden (y no por rebeldía sin causa, sino porque simplemente no comprenden) que les exijamos rutinas y disciplinas que son comprensibles solo en las ovejas, como las filas,
la compostura, el silencio innecesario, pero que son capaces de hacerlo cuando no los obligan, sino que aluden a su auto responsabilidad.
Ya no podemos detener esta avalancha silenciosa. Ellos están aquí, y no se comportan así por capricho, sino simplemente “porque son así”. Cuando no recurrimos a su responsabilidad, sino que intentamos obligarlos por autoridad o por rutina, se tornan indisciplinados, desafiantes y
caprichosos. Es su única defensa, porque se sienten injustamente  agredidos, todo “porque son pequeños” (esta frase es de uno de ellos).
Se sienten tan personas como nosotros, aunque diferentes, y exigen respeto y comprensión. La única forma de compensar nuestras injusticias (inculpables, por cierto) es haciéndonos con ellos amigables, y no considerándonos jefes de tren, sino compañeros de viaje: padres y
maestros, no jefes omnipotentes.
Nos asustamos que estos niños nos exijan razonamiento y honestidad. No son “nuestros” por ser sus padres o estar inscritos en nuestros planteles. Los padres hemos sido las manos de la Divinidad para que vinieran al mundo, y los maestros para hacerlos crecer como humanos, no las altas figuras a quienes deben respeto y veneración. Por eso a veces en sus ojos podemos leer un cierto reproche de que estamos haciendo ante ellos el ridículo con nuestras posturas monárquicas y nuestras exigencias autoritarias.
Estos niños razonadores nos sacan de quicio, porque ocultamente sabemos que tienen toda la razón. Para ellos la educación del pasado no tiene encaje en sus vidas. Por eso tenemos que tratar de encontrar la educación para el futuro: no darles soluciones, sino preguntas respetuosas. ¿Cuándo será que un autor de libros escolares prepare unos manuales de trabajo escolar que no tengan respuestas, sino preguntas técnicamente elaboradas? Hoy esto es todavía una utopía. Pero llegará
el momento que estos niños esperan.
Ellos no perdonan que les digamos que algo hicieron mal, que no alabemos siquiera sus intentos y
que veamos solamente sus errores. Quieren que no los protejamos tanto, haciéndoles la vida fácil, sino que, sintiéndolos capaces, les propongamos continuos retos, porque estamos seguros de que ellos tienen capacidad suficiente para encontrar las soluciones. Que con nuestras palabras y nuestra confianza afirmemos su autoestima, y no les perdonemos que se sientan incapaces.
Pero teniendo siempre en cuenta que son unos niños, y por tanto manipuladores en cuanto nos distraigamos. Tengamos en cuenta que en la infancia la histeria (intentar ser el eje de su entorno y centro de atracción) es natural, y por eso en los adultos es una regresión neurótica. Pero que esa lucha sea franca y sin trampas, que las armas sean ideas y sonrisas. No caigamos en la estéril lucha generacional. No nos dejemos anular y que no descubran en nosotros inseguridad y debilidad porque entonces estamos perdidos, y es grande el mal que con ello les hacemos. Pero es difícil no dejarse manipular por estos niños que nos sobrepasan y a quienes concebimos como los salvadores de la humanidad. Y ante todo, no perder el control.
Promediada la década de los 80, una mamá llevó a mi consultorio una parejita de gemelos a los que a primera vista se podía leer en sus ojos una supernormalidad. Pues bien, resulta que la maestra de su grado (debía de ser de segundo grado) los había “diagnosticado” como retrasados y con necesidad urgente de psicólogo, ya que tenían un alto índice de atención dispersa. Al interrogarles a
solas para su hoja de vida, ambos me repitieron en diversas formas que la maestra era una tonta que creía que lo sabía todo, que no admitía que le preguntaran nada, y que los trataba como niñitos que no sabían nada. Además, repetía todo varias veces como si fueran bebés, y que por eso ellos se distraían. Su C.I. resultó con dígitos cercanos a la genialidad. Ya teníamos otros dos casos más que fueron a engrosar la lista de los genios del futuro para los cuales estábamos confeccionando
los manuales de Creática.
Lógicamente, los docentes formados en las aulas universitarias anteriores a los años 70 reaccionaron con estupor y hasta con agresividad, ante las afirmaciones del equipo de Creática. Pero persistimos en nuestra labor de investigación y confección de los manuales. Y resultó que teníamos razón. Todo ello tenía que ver en alguna manera con la lucha generacional, con la incomprensión y el choque de viejos y nuevos paradigmas.
No eran manuales de estimulación temprana, ni anticipada, ni precoz, sino que denominamos esta actividad como Estimulación Pertinente Circunstancial.
Pertinente, porque es la que corresponde a esta clase de niños extraños, hiperactivos, inquietos; y Circunstancial, porque está confeccionada para este momento histórico y para esta avalancha inesperada que nos ha sorprendido. Posiblemente en otra generación futura ya no sean suficientes estos manuales, y haya que duplicar o triplicar estas previsiones.
Los genios del futuro nacen. Pero no se hacen, no aparecen, hasta que los descubrimos y los  activamos en alguna forma casual o intencionada. La razón de la Creática es esta forma intencionada de activación. En resumen: el problema no son los niños. El problema somos nosotros. No estamos preparados para ello.
Ellos son los normales para su momento vital e histórico. Nosotros estamos pasando ya de moda. Hay que admitirlo y acoplarse, si no queremos perdernos y perderlos.
Nos ha llegado la buena noticia de que ya en Venezuela existen al menos dos colegios para niños Índigo, uno en Caracas y otro en Valencia, que tienen abiertas las inscripciones para el próximo año escolar. La ayuda, de momento, puede ser presencial para Caracas y Valencia, o virtual por Internet, para el interior del país y para el exterior.
Estoy seguro que muchos colegios seguirán este ejemplo, para dar una respuesta adecuada a la
inquietud de estos niños a quienes podemos llamar diferentes, para no tener que catalogarlos, y mucho menos diagnosticarlos. Metafóricamente, hinquemos nuestras almas para dar gracias a la Divinidad por haber conocido este bello momento de la historia en que la humanidad se ha colocado en la rampa de lanzamiento, hacia un porvenir más de acuerdo con nuestro destino y nuestra calidad de humanos.


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