sensaciones (1)

Un camino al bienestar interior

 

ACTUAR EN EL MUNDO

Permanecer con vida en el mundo, vida biológica primero y luego vida subjetiva; conservar las adquisiciones, materiales o simbólicas y conseguir otras en el futuro; hacer realidad nuestro proyecto vital, exige proyectar y ejecutar ciertas acciones, lo que se llama comúnmente actuar en el mundo.

Para analizar mejor la acción humana sobre el mundo, en especial el mundo de la vida, definimos una unidad que llamaremos “situación”: vérselas con el mundo es, entonces, resolver situaciones.

Al resolver situaciones buscamos básicamente mantener sin mengua un estado de cosas propias y también ajenas, un cúmulo de posesiones materiales o simbólicas o aumentar de alguna manera ese capital.

Resolver situaciones exige expresar conductas, tanto conductas manifiestas y concretas en el mundo objetivo, como conductas internas, simbólicas, virtuales, proyectivas, en el medio subjetivo. Las conductas internas, deliberativas, pueden o no convertirse en conductas concretas. Las conductas podrán ser intencionales, surgidas de la voluntad, la deliberación y decisión de la persona o involuntarias, como las conductas reflejas.

La ejecución de conductas intencionales, principalmente concretas, va acompañada de un proceso de evaluación (que también es una forma de conducta, interna en este caso), que modifica o mantiene el curso de la acción proyectada a fin de conseguir las metas. El proceso de evaluación nos va diciendo, microsegundo a microsegundo, si nos acercamos o nos alejamos de la meta. Otras funciones intelectivas, de mayor nivel de integración, ponen a nuestra disposición posibles “planes B”.

Si durante el proceso de ejecución nos acercamos a la meta surgirán sentimientos de agrado, de satisfacción y de moderado placer. Si nos alejamos de la meta, lo cual representa una amenaza para nosotros, aparecerán sentimientos de desagrado, de insatisfacción y de moderado displacer. Esto último motiva el recurrir a alteraciones del curso previsto de la acción hasta visualizar de nuevo, vía imaginación, una resolución exitosa de la situación.

Estos sentimientos de agrado o desagrado se caracterizan como emociones, es decir, sentimos un particular estado de lo interno, que nos “posee” y al que llamamos emoción (el miedo es uno de esos estados posibles, la euforia es otro). Las emociones tienen varias funciones, entre ellas la de focalizar las energías tanto físicas como intelectuales a fin de conseguir la meta, otra es la de comunicar el estado de nuestra interioridad al mundo exterior, generalmente a otras personas.

Muchas veces la situación se resuelve por medio de conductas estereotipadas y convencionales (“siempre se hizo así”). Llamamos hábitos a estas conductas, también conductas habituales y actitudes.

En la resolución de situaciones interviene el tiempo: puede ser al proyectar una acción futura; evaluar lo hecho un tiempo atrás, estar preparando una intervención o estar ejecutando esa intervención. En todos los casos aparecen sentimientos de agrado o desagrado, producto de evaluaciones particulares y globales, que modifican la acción presente o futura o clasifican el hecho como bueno o malo si ya se produjo.

Concluida la resolución, a la vista de los resultados, que pueden estar proyectados y tener efectos en varios planos existenciales (materiales y morales por ejemplo, concretos o simbólicos), aparecerán sentimientos emocionales que se extienden en una línea que va desde lo placentero en alguna de sus variedades y niveles de energía, hasta lo displacentero, en alguna de sus variedades y niveles de energía. Si hemos conseguido un éxito, sentiremos gratificación; si hemos fracasado; sentimientos de desagrado, de displacer.

Recordemos que el bienestar subjetivo se compone de buenas sensaciones, de una sucesión de emociones de tipo positivas, gratificantes.

Si durante la ejecución de las acciones aparecen sentimientos de malestar, de desagrado y al finalizar no hemos tenido éxito, es decir hemos perdido algo, principalmente en el campo de lo simbólico, el período de vida se rotulará como de malestar. Si las cosas se han desarrollado con signo contrario, habremos pasado o estaremos en un período de bienestar interno.

El conjunto de conductas que somos capaces de producir expresan una cierta capacidad de gestión del mundo de la vida. Esta capacidad de gestión tiene consecuencias para uno mismo como para los demás. Un tipo de consecuencias son los sentimientos que aparecen antes, durante y después de la resolución de situaciones.

En la elaboración, ejecución y evaluación (evaluación tanto sincrónica como diacrónica) de nuestras acciones sobre el mundo intervienen componentes cognitivos en una importante proporción, además de habilidades y capacidades físicas. De modo que, en referencia al tema que nos ocupa y desde la persona hacia el mundo, en cada momento de la biografía de una persona, la capacidad de gestión (amplia o escasa) y los sentimientos que acompañan esa gestión (de agrado o desagrado), dependen de una cierta configuración del saber que la persona tiene sobre las cosas del mundo. Si esos saberes, esa red de creencias (es un sistema de creencias), producen en nosotros metas y modos de conseguir esas metas, “permitidos” de alguna manera por el estado de cosas instituido en el mundo, obtendremos éxitos; de allí buenas sensaciones y al fin bienestar. Si el conjunto de supuestos sobre el mundo que yo he consolidado en mi interior, al momento de expresar conductas, posee fallas, incongruencias y disfunciones con el presentarse del mundo a mi acción, los resultados no serán los esperados: malas sensaciones, al fin: malestar.

Hasta aquí podemos ver que el bienestar subjetivo depende, en su aspecto operativo e instrumental, de un cierto conjunto de creencias, de saberes sobre la realidad, tanto sobre la realidad objetiva como subjetiva.

Detallemos un poco más las cosas. Si hacemos abstracción de las habilidades y capacidades concretas (físicas, como capacidad de correr a cierta velocidad) diremos que en la resolución de una situación, a la hora de expresar conductas concretas y también internas, los aspectos cognitivos se hacen presentes al menos de tres modos: a) una cierta capacidad instrumental de gestión, formada por el conjunto de saberes prácticos que me permiten modificar el mundo (tanto el mundo objetivo como mi mundo subjetivo). Llamaremos a esta capacidad “el potencial de factura”; b) un conjunto de aspiraciones referidas “a mí mismo”, desde conservar lo presente (elementos y cosas materiales o simbólicas) como conseguir estados y cosas que considero necesarias , lo llamaremos “El yo mundano”; y c) un conjunto de supuestos sobre la realidad, creencias de amplio rango, de corte teórico, contestaciones a preguntas del tipo ¿qué es la vida y cuál es su sentido?; ¿qué soy yo entre los demás?; ¿Qué es ser responsable? etc.,lo llamaremos “La cosmovisión”.

Si al gestionar la realidad, tanto interna como externa, aparecen malas sensaciones, sensaciones de displacer, debemos concluir que alguno o todos los sectores de tipo cognitivo que hacemos intervenir en la elaboración, ejecución y evaluación de las conductas son los responsables.

Por último y en vistas a iniciar un camino de transformación interior, adoptaremos un criterio general: hay un modo de gestionar la realidad, adecuado a nuestra particular biografía y circunstancia, que produce sólo buenas sensaciones o, a lo sumo, malas sensaciones manejables.

 

TRABAJANDO EN LA SUBJETIVIDAD

Entonces, el trabajo de superación personal estará destinado a: a) dotar a las tres estructuras cognitivas de contenidos convenientes y b) homogeneizar y conectar esos contenidos en una superestructura llamada “proyecto vital”. De modo que, al poner a operar esa red de creencias en el mundo, en relación con los demás o conmigo mismo, sólo obtengamos buenas sensaciones.

Esto exigirá reexaminar esa red de creencias y las conductas que expresamos a partir de ellas y los hábitos que hemos consolidado a lo largo de la vida, como así también enterarnos cómo funciona nuestro cuerpo (soma); cuáles son los modos de reaccionar que él tiene; cómo interactúa el soma con el mundo intelectivo; cómo influyen las emociones en los procesos de deliberación y decisión de la conductas intencionales, etc, (varios etc.). El criterio sería: con el tiempo poder discernir en el medio subjetivo secciones, partes, relaciones jerárquicas, etc. con la misma claridad con que lo hacemos cuando se trata de nuestro cuerpo físico. Un ejemplo: cuando sentimos hambre, no decimos “todo” mi ser siente hambre. Circunscribimos el desequilibrio a una sección de nuestro cuerpo, el sistema digestivo, y actuamos en consecuencia (hubo un momento en la infancia en el cual no sabíamos qué parte de nuestro ser era la afectada). Cuando decimos “estoy pensando”, ¿qué parte de mi “piensa”? ¿Todo mi ser piensa? ¿Pensamos “nosotros” o el pensamiento “nos posee”?.

Como se ve, este es un trabajo estrictamente personal, ya que nadie puede intervenir en nuestra subjetividad como lo haría un albañil para remodelar nuestra casa. Sin embrago, a pesar de la especificidad y unicidad de cada ser humano, se pueden establecer pautas y criterios comunes por los que guiarse. Aunque amplios, no por ello menos efectivos a la hora de buscar congeniar con el mundo y el prójimo.

Esas notas comunes pueden ser principios tomados de diferentes tradiciones de pensamiento o hipótesis reconstruidas por la experiencia personal a partir de las sugerencias de autoridades intelectuales o de las lecturas del fondo de experiencias que la humanidad ha conseguido hasta hoy.

Suponer que de toda experiencia, de toda resolución de una situación, aunque el resultado haya sido adverso a nuestros intereses, podemos extraer algo positivo, es un principio operativo (“No hay mal que por bien no venga”, según la expresión popular); aprender a manejar la agencia emocional es una hipótesis operativa reconstruida a partir del saber científico de hoy; actuar con bondad y compasión hacia las futuras generaciones es una creencia que podemos reconstruir en nuestro sistema de creencias a partir de lo expuesto en varios sistemas de creencias religiosos.

El trabajo con y en nuestro mundo subjetivo entonces apuntará a intervenir de varios modos: a) remodelar, e incrementar si hiciera falta, nuestra capacidad de gestión práctica del mundo (el potencial de factura). Se adquirirán nuevos hábitos y otros se dejarán de lado; se desarrollarán nuevas habilidades; b) establecer y considerar apetencias y aspiraciones, tanto concretas como simbólicas, más realistas y ecuánimes (el yo mundano). Se dejarán de lado algunas aspiraciones y se visualizarán otras; c) revisar y asumir valores y principios rectores adecuados a lo propio y que apunten a una vinculación funcional con el mundo (la cosmovisión). Se redefinirán algunas situaciones hasta significarlas de un modo adecuado. d) y por último a conectar todo bajo un cierto proyecto vital (alojado en la cosmovisión). Nos incluiremos en el mundo como sujetos operantes junto a otros sujetos operantes que buscan lo mismo que yo, con los cuales negociaremos las mejores soluciones a los conflictos. Todo esto a la luz del siguiente criterio: en cada nuevo caso de gestión del mundo, además de la mejor resolución, se han de obtener sensaciones placenteras, gratificantes, para todos los intervinientes.

 

ACCIONES PRÁCTICAS

El trabajo que exige este camino posible de superación personal se concreta primero en una decisión: “de hoy en adelante me pondré con firmeza a trabajar en dirección de un mayor conocimiento de mi mismo y de cómo superar mis malos hábitos”, “Quemar las naves” como se dice. Luego en la adopción de un modo de trabajo práctico: dividir el día en dos partes: una zona de reflexión (escritura, 20 a 30 minutos, lugar retirado, silencio, a solas con uno mismo, “preguntar-se” y “contestar-se”) y una zona de prácticas y experimentación (y también de observación): el resto del día. En las primeras épocas, hasta consolidar el hábito, es necesario hacerlo todos los días. Es muy importante llevar un registro escrito de las reflexiones. A este proceso se le conoce como textualizar el pensamiento.

La meta es múltiple: incentivar e incorporar una sana preocupación por las cosas internas: cambiar algunos hábitos; realzar algunas buenas costumbres adormecidas en nuestro interior; “congeniar” con mis aspiraciones más profundas y con los proyectos de los que me rodean (personas cercanas y lejanas), en suma, establecer con el tiempo nuevos hábitos (ya que sin ellos la vida no es posible), unos hábitos que nos devuelvan buenas sensaciones y produzcan cada vez más armonía en el entorno vital donde nos movemos.

Se trata, en suma, de poner en escena un proceso de maduración y superación personal parecido al que nos obliga la vida por el solo hecho de vivirla, pero esta vez decidimos llevar adelante ese proceso de una manera sistemática, deliberada y consciente, crítica y racionalmente controlado.

 

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