CORONAVIRUS: MORIR SOLOS

Estos días estoy muy afectado por lo que está pasando en todo el mundo como consecuencia del coronavirus. Como nos pasa a casi todos. Por desgracia se ha convertido en un monotema que se repite casi obsesivamente.

Y, claro, no puedo quedarme impasible ante la escalada continua de la cifra de afectados y fallecidos. Y cuando digo a afectados no me refiero sólo a los contagiados que les esté aquejando directamente el virus, sino también a los que les afecta personal y emocionalmente porque tienen un ser querido en un hospital, incomunicado, y además con la desagradable sensación de estar solo en un sitio que no le es familiar y asustado ante lo que le está pasando y lo que le puede acabar pasando, atendido por un personal sanitario que está poniendo el alma en cuidarle y hacerle compañía en la medida de lo que pueden –hay muchas más personas en la misma situación-, pero desasistido en la parte cariñosa por la imposibilidad de la presencia de los familiares y amigos a los que, más que nunca, echa en falta. También sus seres queridos les echan en falta a ellos.

Y esto me duele. Porque siento una empatía grande y una conmiseración -que supera a todas las vividas- hacia unos desconocidos con los que lo único que comparto –aparentemente- es el hecho de pertenecer a la misma especie.

Imagino a los ancianos desvalidos más desvalidos que nunca, necesitando desesperadamente una mirada conocida, el tacto de una mano familiar, la cercanía de los que siempre han estado cerca. Imagino su dolor y su desesperación.

Imagino las personas de cualquier nacionalidad, de cualquier edad, provenientes de distintas circunstancias, que acaban compartiendo una pandemia de la que muy poco antes ni siquiera conocían el nombre.

Imagino sus pensamientos desbocados, su tristeza inconsolable, las oraciones de cada uno en su idioma, la más grande sensación de inutilidad y de soledad, sus temores, y los arrepentimientos presentándose en estos momentos que pueden ser, o serán, los últimos.

Imagino la muerte ya inaplazable presentándose ante ellos y encontrándolos solos, sin nadie que les diga un último “te quiero”, sin que les den un abrazo o les cojan de la mano y les ayuden a dar el primer paso hacia su nuevo destino.

Imagino también la desolación inconsolable de los familiares sin tener noticias del estado del ingresado, la amargura trágica de ser atacados por los pensamientos más funestos y sin poder rebatirlos con buenas noticias, sus corazones afligidos, la impotencia, la incomprensión, el llanto desconsolado. También imagino a los olvidados, los mendigos, los abandonados, los que llevan ya años en un destierro de familia y amor, porque, aunque la soledad les debiera parecer algo habitual, ésta es una soledad última y es la irrevocable última oportunidad de una reconciliación.

En el hospital se hermanan todos, tienen en común la incertidumbre y el miedo, y los que no pueden superar la infección… se mueren solos. Sin alguien querido a su lado.

Solos.

Se pierden la ocasión de hacer todas las cosas que querían hacer con sus familiares o amigos, lo que querían decirles, o poder ver sus rostros una última vez.

Se mueren sin consuelo. Rodeados de otros que están en su misma situación y que, posiblemente, sigan su camino poco después, pasando también su calvario de no querer aceptar lo que les ha sucedido, y de no comprender, y de librar una batalla con la desesperanza para que no se les instale… y obligados en su soledad a vivir su propio duelo.

Y al final, en un momento desconocido, se irán.

Dejarán su cuerpo y sus penas y ser irán.

Los que nos quedamos tenemos la tarea de no dejar que esto sea inútil, que no sea sólo rabia, tristeza o incomprensión. Hay algo más. Tras el dolor se asoma la belleza del esfuerzo impagable y solidario de tantas personas que ayudan, la empatía y la conmiseración que se han hecho presentes, la toma de conciencia de la dependencia que tenemos los unos de los otros, la humanidad que aparece a lo grande cuando se necesita, el consuelo y desconsuelo mutuo de los que comparten una pérdida, la toma de contacto con el amor, la obligada reflexión acerca de nuestra pequeñez y de que somos más frágiles de lo que creemos creer.

A pesar de todo, la esperanza sobrevivirá porque somos esperanza.

Podemos y debemos aprender de todo esto, y será conveniente que no sea en balde el dolor y el sacrificio, y que seamos capaces de hacer una toma de conciencia que nos apliquemos inmediatamente y que luego seamos capaces de trasmitir a los que nos continúan. Por nuestro bien y por el de las generaciones venideras.

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