ASUMIR LA ESPIRITUALIDAD

En mi opinión, hay una gran cantidad de personas que se están dejando arrastrar por lo que propone la sociedad de consumo –que en algunos aspectos y con moderación y consciencia está muy bien-, y están tan atentos a los placeres que proporcionan satisfacciones inmediatas, y se dejan deslumbrar de tal modo por las cosas a las que se les adjudica una importancia que no tienen, que desatienden dedicarse a la que es una tarea que van incluidas en la vida: la espiritualidad.

Hay una serie de cualidades innatas en el ser humano que hemos externalizado como si no nos perteneciesen. Me refiero a las hemos idealizado porque nos parece que se nos quedan demasiado grandes, o las hemos divinizado porque nos parece que están por encima de las capacidades que atribuimos al Ser Humano, a quien parece que solamente concebimos como tosco, burdo, imperfecto, pecador, y capaz de cometer las mayores atrocidades.

Dividimos al Ser Humano, y no sé por qué, en dos partes claramente diferenciadas.

La Humana, en la que incluimos lo cotidiano, lo relacionado con el cuerpo, los defectos, la culpa y la maldad, los miedos y los problemas, lo inferior…

Y la Espiritual, que es la que se cree en la exclusividad de contactar con Dios y lo divino, la que mira por encima del hombro a la que es simplemente humana, la que a veces se viste de trascendencia desde un ego espiritual –que también existe: “Yo estoy más evolucionado que tú”, “yo medito más que tú”, “yo rezo más que tú”, “yo soy más devoto que tú”-.

Desde el momento en que estamos vivos y estamos en este mundo -y si seguimos creyendo en esa división que solo existe en la mente-, nos vemos en la necesidad u obligación de asumir ambas por separado, pero de atenderlas por igual.

La Humana nos requiere atención continua, nos acapara con sus asuntos urgentes, sus molestias físicas, sus ambiciones y preocupaciones, sus agobios y miedos. A todas horas está presente, afectando, exigiendo, influyendo.

La Espiritual parece que la dejamos como un asunto para los domingos –en el caso de los creyentes religiosos-, o para los momentos en que la vida nos sobrepasa y requerimos -en forma de ruego u oración- la presencia de algo Superior que pueda resolver los asuntos que parecen irresolubles para el Humano, o para los instantes en que un acto doloroso nos hace tomar consciencia de la finitud de la vida y entonces aparece como una tabla de salvación el hecho de que pueda haber “algo más”, otra cosa que sobrepasa a lo Humano y se puede incluir en lo que se supone que es lo Espiritual o lo Divino.

La parte espiritual –sigo usando la dualidad para que algunos lo comprendan mejor, aunque yo no creo que exista tal cosa-, ha de estar integrada en lo cotidiano, al alcance de la mano, relacionándose con cada cosa que hacemos y en cada momento de nuestra vida.

Aceptar que la Espiritualidad, la Divinidad o la Deidad, o lo Trascendente, son una parte indisoluble que está incluida en el conjunto que denominamos Ser Humano, para algunos supone una responsabilidad para la que creen no estar preparados.

Se necesita humildad y sencillez para reconocer integrados en uno mismo esos aspectos que se entienden como Superiores -porque de siempre nos han hecho creer que eso está fuera y lejos de nosotros-, ya que el hecho de reconocerlo como personal y propio es un compromiso para el que, generalmente, no estamos preparados.

Aceptar la Espiritualidad como algo accesible conlleva la responsabilidad vivencial de prestarle la atención que requiere, de contactar con ella integrándola en uno mismo de un modo consciente y no como algo separado y ajeno, a lo que, por modestia, uno no puede llegar o puede hacerlo en contadas o excepcionales ocasiones.

No aceptarla puede ser un miedo a la responsabilidad que ello conlleva.
Hay que tener cuidado con que eso de alejarla de uno no sea nada más que una especie de falsa modestia… que en realidad esconde un miedo.

Asumir la Espiritualidad es aceptar que uno es más de lo que uno parece ser.

Y este es un asunto que merece una serena y sincera reflexión, así que…

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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