Raquel

Co-creando la posibilidad de elección con nuestros hijos


Amigos, leyendo me encontré con este relato.

Espero que lo disfruten y alumbre su camino de mater y paternidad,

Raquel



Enseñar a elegir.  Aprender a dar la vida.


Cómo los padres influyen en los procesos de elección de sus hijos.


Un día estaba paseando con mi hijo, que en ese momento tenía un año y medio de edad, y una amiga.  Entre las actividades del paseo entramos en un kiosco y yo le pregunté a mi hijo: ¿querés un sándwich o galletitas?  Mi amiga miró con un gesto de sorpresa, suponiendo que no habría respuesta.  El niño, en su media lengua, dijo: - Galletitas.-   ¿Y qué gaseosa querés? (mi amiga nuevamente observó sorprendida la escena).  Mi hijo se acercó al expendedor y señaló la que quería.  Más tarde mi amiga me preguntó por qué lo hacía elegir todas esas cosas.  ¿Y por qué no?  Este relato puede parecer muy poco importante, hasta tonto.  Sin embargo tiene que ver con una de las cuestiones fundamentales de la vida: elegir.  ¿Cómo se forma la capacidad de elegir en una persona?  Como casi todas las cosas: practicando.  Es un aprendizaje.  Elegir implica un derecho y una responsabilidad.  Implica también confianza, madurez, duelo por lo que no se ha elegido.  A veces cuesta mucho a los padres incentivar a que sus hijos aprendan a elegir. Por muchos motivos.  Por empezar hay que darse tiempo para enseñar a elegir, y dar tiempo para que el otro lo aprenda, suavemente, sin apuros.  También hay que confiar.   Muchas veces para los padres es difícil darnos cuenta de cómo crecen nuestros hijos. Sorprenden continuamente.   A veces uno no los “mira” durante un tiempo (esa mirada especial dirigida a sus aprendizajes, sus cambios, etc.), y cuando vuelve a fijar sus ojos y todos sus sentidos sobre él no puede creer lo que está viendo.  Entonces aparece una palabra, un gesto, una decisión, una actitud, que nos deja perplejos, y nos hace pensar:  “¡Yo no sabía que mi hijo podía decir o hacer algo así!”  Esto pasa muy seguido con las elecciones.  Los padres suponemos (y damos demasiado por seguro, a veces), que nosotros podemos elegir por él, y que lo haremos mejor.  Claro que esto es más o menos así cuando son muy chiquitos.  Pero cuando van creciendo no siempre estamos a la altura de esa circunstancia y nos quedamos con la idea de que nosotros tomaremos las decisiones por él mejor que él, que nosotros sabemos, aún mejor que él, qué le pasa, qué siente, qué necesita, qué le interesa, qué desea.   Y... el tiempo ya pasó (a veces mucho más de la cuenta) y el pequeño niñito ya se convirtió, o se está convirtiendo en un hombre o en una mujer, en la lucha, igual que nosotros.  A veces está pidiendo por todos los medios a su alcance que nos demos cuenta de eso, y que confiemos en él, que lo dejemos tomar sus propias decisiones, que paremos un poquito y, simplemente, lo dejemos ser, y volver a sorprendernos, otra vez, como cuando dio sus primeros pasitos, o dijo las primeras palabras.  La misma emoción nos envolverá si ahora, nos detenemos y simplemente lo observamos y confiamos.  Claro que cometerá errores, que tendrá muchísimo para aprender, pero ¿nosotros no?  Otras veces, tristemente, el pequeño o ya joven sujeto quedó tan atrapado en la errónea creencia de que los demás sabrán absolutamente más que él acerca de su propia existencia, de lo que quiere, de lo que le “conviene”, que ni siquiera se plantea la posibilidad de elegir.  Triste y pasivamente trata de adivinar lo que quienes siempre han decidido por él opinarían.  No sabe del placer de tomar decisiones y la felicidad de llevarlas a cabo, ni conoce el mar de aprendizaje que sobreviene a la tristeza cuando uno se equivoca.  No hace falta esperar mucho tiempo para empezar a practicar esto:  lo que se aprende desde muy chiquito se internaliza mejor.  Démosle siempre la oportunidad de hacer y rehacer, de elegir, inclusive de equivocarse, aunque el corazón se nos agriete dolorosamente cuando vemos que sufre.  No obstaculicemos su crecimiento ofreciendo siempre la posibilidad de quedarse con todas las opciones, aunque nos fuera posible.  No olvidemos que en algún momento, tarde o temprano, esto estará fuera de nuestro alcance.  Enseñémosle a hacerse cargo de sus decisiones.  Que lo viva.  Que sepa que cuando elige, algo de lo no elegido a veces duele y clama.  También, y fundamentalmente, es una cuestión de respeto.  Respeto por la vida.  No es raro escuchar a los padres decir: “¡Pero si yo doy la vida por él (o ella)!  No vale dar la vida por ellos, vale diferenciar cuál es mi vida y cuál la suya.  Reconocer los límites.  Dar la vida a un ser no es tener dos vidas propias.  Es tener suficiente amor y generosidad para regalarle la vida.  A los hijos se los puede educar, proteger, amar, pero hay que “darles la vida”.   Esto implica no sólo engendrarlos (o adoptarlos), sino además aceptar que es “su” vida, y regalársela sin condiciones para que ellos puedan apropiarse de su vida sin deudas.  No quitarles pedacitos de esa vida para hacer en ella lo que no pudimos hacer en la nuestra, para saldar nuestras cuentas pendientes con nosotros mismos y con los demás.  Así de simple, y así de complicado: enseñar a elegir, aprendiendo a dar la vida.


Fuente: Ps. Rosana Caciorgna

Tomado de: http://www.kinsey.com.ar/noticia.php?id=349



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Respuestas a esta discusión

Es verdad Mae, algunas decisiones nos estrujan, porque despiertan miedo en nosotros, sentimiento de sobre protección, de no querer que se "equivoquen". Pero si hablamos de milagros, de recordar que cada suceso en la vida es parte de un gran Milagro, que conlleva millones de pequeños milagros, entonces podemos permanecer en la quietud de que todo es perfecto, confiar en el plan de la energía sabia y en el aprendizaje que cada ser ha elegido; a pesar de que somos madres, nos preocupamos y ocupamos de nuestros nuestros hijos, reimos, lloramos y dolemos junto con ellos... Dejamos de sentirnos "solas" en esta elección de maternar, nos hacemos aliadas del amor del universo y experimentamos que podemos amarlos en libertad sin dejar de ser madres.

Qué lindo eso, Irene, que junto con tu compañero puedan abrirse a fluir en este tema tan trascendente para el maternar y paternar desde el amor incondicional. Felicidades por ese amorcito de diez meses, debe ser un divino. Gracias por compartir.

¡Abrazo para ustedes!

¡Qué bueno Analía que te haya resonado! Gracias por expresarlo.
Besos

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Jajajaja!!!!!! Está buena, desde ya me levanto y con labial pinto un corazón enorme en el espejo del bañooooooo ¡así me tendré más en cuenta!

Te dejé un comentario más arriba, a ver si lo viste...en respuesta al tuyo...

Qué hermosa nota, comparto. Además de aprender a elegir nace la posibilidad de conexión que permite reconocer qué quiero o necesito y experimentar esa elección, los primeros pasos para aprender a usar la libertad.
Gracias Raquel!

Bravo por esa! Me parece excelente este escrito. Yo soy hija de una madre que siempre quiso pensar y elegir por mi al final siempre tome decisiones equivocadas, basadas en un erroneo concepto de la vida que sólo se cifra en las cosas básicas de la vida, pero que no cultivó la parte espiritual la cual a Dios gracias encontré por mi misma. Tengo tres hijas ya adultas todas, y las ayudo en sus decisiones escuchándolas, apoyandolas en sus valores personales que vayan de la mano de lo que ellas esperan de la vida y de la voluntad de Dios que es maravillosa, amorosa e infinitamente perfecta. Que bueno este testimonio, si pudieramos elegir desde niños, sin presiones ni angustias impuestas, nuestro paso por la vida sería más placentero y con más responsabilidad.

Qué interesante!!! Enseñar a elegir...Aprender a dar la vida!!!! No es facil. Hay que intentarlo.

Que interesante...Enseñar a legir. Aprender a dar la vida.!!! Una buena lección para nosotros los padres.
Gracias por compartirlo.

realmente clarísimo!
me ayudó a entender algo de mi vida personal que me estoy planteando justo en este momento!!
muchas gracias por estar!

excelente... gracias colega...

Justamente hoy estuve leyendo esto:

”Yo estaba encerrada en una concha.
Creía que era incapaz de cambiar mi vida.
Luego
encontré
la profundidad del mar,
la belleza del cielo,
la libertad de los pájaros,
la fuerza del viento,
la ligereza de las nubes,
la luz del sol,
y he sentido que todo eso
era yo.

Yo era profunda como el mar,
bella como el cielo,
libre como los pájaros,
potente como el viento,
ligera como las nubes,
luminosa como el sol,

y entonces he elegido volver a ser lo que era”

(El poder de elegir, de Annie Marquier)
¡Gracias por recordarnos que somos dueños de nuestras elecciones!

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